Pepito paga doble

La noticia a lo mejor la leyó hace un par de días atrás. La SEC, el símil gringo de nuestra SVS, informó que le pagó una recompensa a un individuo anónimo de cerca de 
US$ 14 millones -sí, millones de dólares- por haberle entregado información relevante que estaría llevando a desentrañar un millonario fraude financiero. La información deja todavía mucho a la imaginación porque la SEC no ha dado a conocer el nombre de la firma involucrada ni de los eventuales imputados, pues se pretende asegurar el anonimato del denunciante. Pero no hay duda que se viene un caso grave.

¿Por qué pagarle dinero a alguien que hace una denuncia? Porque uno de los grandes aprendizajes de la crisis de 2008 para todo el mundo es que en la batalla por enfrentar delitos y fraudes financieros de gran escala se requiere innovar en las lógicas de fiscalización. Y con los esquemas usuales de monitoreo se producían desempeños investigativos tan defectuosos para la SEC como no haber sido capaces de detectar a Madoff y su esquema Ponzi. Por eso es que la ley Dodd-Frank le permitió a la SEC contar con el modelo de recompensas por denuncias anónimas más agresivo del que se tenga memoria. Y vaya que está funcionando, pues desde su puesta en marcha el año pasado se han pagado ya recompensas por tres casos. 
¿Es US$ 14 millones mucho dinero? Depende. La SEC puede pagar una recompensa que puede ir entre un 10% y 30% del monto que se va a recaudar por concepto de multa. Más de alguno puede creer que es un gasto público indebido o derechamente inmoral, pues debería ser un deber ciudadano denunciar los fraudes financieros de los que se tenga conocimiento. Pero desde un punto de políticas públicas es un incentivo completamente alineado al interés social -se descubre y sanciona el fraude- además de eficiente -la recompensa se paga con parte menor de la multa-, de manera que es una medida más que justificada.

Evidentemente es una herramienta que debe ser utilizada con prudencia y bajo ciertos requisitos. Miremos por ejemplo cuáles son las exigencias que plantea la SEC antes de autorizar una recompensa: a) debe ser una información original y de una entidad suficiente como para demostrar una infracción grave a la ley; b) la información debe ser entregada por una persona natural o un conjunto de persona, pero no por compañías, evitando incentivos perversos entre competidores; c) no se paga recompensa a menos que la información lleve a la SEC a iniciar acción formal por sanciones que superen US$ 1 millón.

Ahora, ¿se imagina lo conveniente que sería para la SVS y otros reguladores el contar con una herramienta fiscalizadora tan eficaz? Siempre es peligroso jugar a la ficción, pero si se hubiere implementado en Chile la recompensa seguro que más de algún integrante de la plana ejecutiva de La Polar habría tenido el incentivo para denunciar el fraude que se estaba cocinando en las finanzas de la empresa.


Hay justificación, entonces, para considerarlo.


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Choque de trenes evitable

Se conoció por estos días el choque de trenes de dos autoridades: la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS) se negó a entregarle al Ministerio Público los antecedentes en los que se detallan las operaciones de las sociedades cascadas. Se justificaba la SVS en que tiene un mandato legal de reserva, y que solo estaba en condiciones de entregar la información en la medida que el Ministerio Público pudiera dar garantía de la misma reserva. Sin embargo, ocurrió que la información investigada, a la que ya tenían acceso las partes, se terminó filtrando a la prensa, haciéndose ahora difícil para la SVS mantener su negativa.

Pero, más allá de que se termine por resolver favorablemente esta solicitud, queda flotando en el aire la sensación de un vacío procedimental en la manera en que deben resolver su interacción la SVS y el Ministerio Público. Ocurre que la ley no es explícita a la hora de resolver cómo deben interactuar cuando enfrentan situaciones infraccionales constitutivas de delito a la ley de valores, como son el uso de información privilegiada, información falsa o tendenciosa o manipulación de precios. Son situaciones que individualmente pueden ser perseguidas administrativamente por la SVS y penalmente por el Ministerio Público, produciéndose un natural choque de competencias entre ambas autoridades.

La solución no es evidente pero sí debiera reconocer lo que ha venido ocurriendo en la práctica en los últimos años, donde ha sido siempre la SVS la que ha iniciado los procesos investigativos y la que ha formulado antes los cargos. Y donde el Ministerio Público, a su turno, ha tenido más bien una política de seguidor, utilizando los antecedentes ya recabados por la SVS, y solo a partir de ahí iniciar su propia evaluación para las formalizaciones.

Hay que tener presente además una consideración legal. El procedimiento de formulación de cargos de la SVS es solo una imputación de presunción, pudiendo ocurrir que al cabo de los 6 meses de descargos y pruebas se declare por la misma SVS la absolución de quien se presumía infractor. Solo cuando existe la certeza de la resolución administrativa sancionadora es que debería empezar a correr el plazo de 48 horas que legalmente obliga a una autoridad pública -en este caso la SVS- para que denuncie al Ministerio Público la infracción delictual a la ley de valores y sea esa autoridad la que evalúe si amerita persecución penal. 
Esta controversia vuelve a recordar lo importante que será ajustar el proyecto de ley que reforma la SVS y la convierte en Comisión de Valores y Seguros (CVS), y que entre otras materias incluirá la figura de la delación compensada para rebajar la sanción a quienes cooperen en la investigación de infracciones. Imagínese el poco incentivo que tendrá de cooperar quien tema que la CVS le entregue un trato preferente por cooperar pero que el Ministerio Público, en paralelo, busque formalizarlo a todo evento, sin consideración alguna a la ayuda prestada a la CVS.

Un protocolo de coordinación obligatorio por ley es la única manera de evitar un nuevo choque de trenes.

Problema de credibilidad

El publicista Eugenio García se hizo famoso no sólo por ser uno de los artífices de la campaña del “No”, sino por su ingenio para explicar fenómenos sociales recientes. Hace ya un tiempo graficaba cómo los chilenos se han visto afectados por una nueva enfermedad: el “síndrome M.E.C.”. En buen francés, “me están cagando”. Ilustraba así la creciente percepción de que abusan los bancos, los políticos, los supermercados, las Isapres, las AFP, las farmacias, los tribunales, la iglesia. ¿Una mirada excesivamente negativa de la sociedad? No, simple constatación de las encuestas.

Pero si es una historia más que conocida, dirá usted. En parte, porque se tiende a olvidar dos factores complementarios.

Lo primero es que esa sensación de abuso es completamente transversal a todos los niveles socioeconómicos del país. Así lo muestra la encuesta del PNUD, al señalar que el 63% de las familias del grupo D, 59% del C3 y 57% del C2 creen que diariamente “se afecta a su dignidad y derechos”, y que esa percepción la tiene incluso el 47% de los ABC1. No es entonces que la sensación de abuso esté correlacionada con la falta de oportunidades, sino derechamente es la constatación de una situación social tristemente equitativa.

Lo segundo es que la percepción de abuso debe matizarse con los indicadores de bienestar personal que tenemos los chilenos. Y ahora la misma encuesta del PNUD muestra que hemos aumentado de manera sostenida la satisfacción personal. Así, en 1995 el 58% de los chilenos estaba “muy satisfecho o satisfecho” con su vida y en 2011 lo estaba el 77%. Una muy buena señal de los avances en Chile, pero insuficiente para compensar la predominante sensación de abuso.

Asumo que este análisis ha sido considerado con preocupación por parte las empresas que se han visto más cuestionadas en el último tiempo: los bancos, las Isapres y las AFP. Así al menos lo demuestra las frecuentes apariciones en los medios de los presidentes de las asociaciones gremiales de esas industria. Las cortas líneas de esta columna no dan para analizar qué tan justificada es esa crítica, pero sí para reconocer el elefante rosa en medio del living: que esas industrias enfrentan un importante problema de credibilidad asociado a los abusos. Y ese es un problema grave. Sin credibilidad no hay confianza mínima para una conversación y discusión sana, siendo clave que puedan recuperar la legitimidad social perdida.

Insisto por eso en la recomendación de cambiar el paradigma de representación gremial que tradicionalmente han utilizado esas industrias. Hasta hoy los gremios sólo representan a las respectivas empresas que prestan servicios, pero no incluyen institucionalmente a los usuarios de esos servicios. ¿Es posible que un usuario confíe en la recomendación de un gremio empresarial cuando éste está constituido sólo por gerentes generales y presidentes de grandes compañías? Difícil, sobretodo en el crispado medioambiente de desconfianza que vivimos.

Por eso sería una gran señal que esos gremios de empresas incluyeran en sus directorios un porcentaje significativo de “directores independientes”, sin que tengan vínculo profesional o accionario con ninguna de esas empresas, y cuyo mandato sea justamente representar la voz de los usuarios. La propuesta no es una mera teoría sino que existe con singular éxito en Canadá y otros países de la OCDE.

A Einstein se le atribuye la idea de que no es lógico pretender que las cosas cambien si siempre se hace lo mismo. Ojalá los gremios de las industrias más cuestionadas dejaran atrás la estrategia de la defensa corporativa y se la jueguen por incluir en sus propuestas la voz de sus usuarios. Al Chile desconfiado y a ellos les haría muy bien.

Los rabiosos chilenos

El libro usted probablemente ya lo leyó. Ese en donde Zavalita y Ambrosio se plantean en el Bar Catedral de Lima “¿cuándo se jodió el Perú?”, la emblemática y obsesiva pregunta que caracteriza a “Conversación en la Catedral” de Vargas Llosa. Una pregunta que ha permitido a historiadores, ensayistas y políticos peruanos revisar las razones que torcieron el destino de una nación aporreada.

Chile hace tiempo que está también bien aporreado. No en indicadores económicos o cifras de desarrollo humano, sino en espíritu de convivencia. No hay duda que esa sensación de ausencia de convivencia sana se reflejó la semana pasada con motivo de la acusación constitucional en contra del ahora ex ministro Harald Beyer. Una acusación injusta, como fue también injusta hace unos años la acusación que terminó con la destitución de la ex ministra Provoste.

Y por eso mismo es que a varios se les ha visto parafraseando al premio Nobel para ahora preguntarse ¿cuándo se jodió Chile? Hace sólo una década se decía que a Chile le sobraba institucionalidad y le faltaba ciudadanía. Que por eso era bienvenido que los chilenos en los últimos años manifestaran de manera pública y organizada sus posiciones. Lo que nadie previó es que en esa misma década se desplomó la confianza en las instituciones (políticas, religiosas, sociales) y se generó una creciente crispación social.

Por estos días me he acordado mucho de otro libro que me marcó en mi adolescencia. Es “Miedo en Chile”, de Patricia Politzer. Escrito durante la época del régimen militar, contiene un conjunto de entrevista a líderes chilenos de opuesta opinión política. Comenta en el prólogo que “en todas las entrevistas en algún momento de la conversación surgió el temor. En algunos era miedo a los militares, en otros al caos y el terrorismo, a la cesantía, al soplonaje, a la represión de la DINA, al comunismo”. Lo fantástico del libro es que busca demostrar con las historias personales e ideologías diversas como a todos los mueve el mismo sentimiento y eso facilita el empatizar con los que piensan distinto. Es probablemente esa comprensión colectiva de los miedos de los distintos sectores políticos lo que permitió, creo, una transición democrática tan existosa.
Por eso es que en momentos de crispación política como la actual valdría la pena intentar hacer un ejercicio similar al de Patricia Politzer, identificando cuál es el factor que mejor interpreta el actual momento de crispación política y social en el país. Así quizás podemos empatizar mejor entre los chilenos ¿Y qué cruza hoy a la sociedad chilena? Claramente ya no es el miedo, sino la rabia: con los políticos inescrupulosos, con las empresas que abusan, con los desórdenes de los encapuchados. En fin, motivos hay tantos como los millones de chilenos que somos.

Pero con una sociedad que está permanentemente enrabiada se hace difícil convivir y que decir de ponerse de acuerdo. Por eso es que partir por superar la rabia debiera ser preocupación prioritaria en el tono de las propuestas planteadas por los candidatos a la presidencia. Bienvenidos entonces los líderes que logren patear el tablero y propongan cambios de estilo y de fondo para superar el crispado ambiente nacional.

Los rabiosos chilenos lo necesitamos urgentemente

El dilema de Olson

La maravilla del ocio veraniego es que da para todo. Para ponerse al día en los libros pendientes de leer en el año; para las conversaciones y sobremesas familiares sin apuros; para recorrer nuevos lugares que recordaremos luego con añoranzas en medio del invernal smog santiaguino; y, en fin, para preparar mentalmente los proyectos personales del año que empieza.
De mi propio ocio veraniego surgió la lectura de Marcur Olson, el famoso economista de la Universidad de Maryland que hace algunas décadas planteaba en “La lógica de la acción colectiva” uno de los dilemas más relevantes en políticas públicas: la idea de que grupos masivos de personas no tienen la tendencia natural de coordinarse para perseguir intereses comunes. De hecho, mientras más grande sea el grupo de personas, menor será la probabilidad de que puedan actuar coordinadamente en pos de un interés colectivo.
El interés que reúne a grupos grandes sería entonces un genuino mínimo común denominador, dice Olson. ¿Por qué? Porque los costos de la coordinación masiva de ciudadanos -en términos de tiempo y dinero- son usualmente muy altos en comparación con los beneficios netos que le generan su participación activa. Es por eso que el free riding campea en la coordinación de intereses de grupos masivos de personas.
Por contraste, los grupos de interés pequeños son mucho más eficientes para la acción colectiva. Cuesta menos organizar a pocas personas en torno a un objetivo acotado, pero intensamente perseguido. Con seguridad en esos grupos de interés el beneficio que obtienen es mayor al costo de participar en él, aun cuando ese beneficio obtenido sea justamente a expensas del interés general de la sociedad.
Así se entiende racionalmente el lobby de las tabacaleras, de grupos ecologistas, de los distintos gremios industriales, del colegio de profesores y de todo grupo de interés especial en cada discusión legislativa en el Congreso. Así se entiende también la ausencia de un lobby efectivo que represente el interés generalizado de los ciudadanos de a pie. Ese es el pernicioso sistema de incentivos al que como sociedad nos vemos enfrentados.
Decía al principio que el ocio veraniego da para todo. Asumo entonces que quienes más deben haber aprovechado este verano para planificar y preparar sus proyectos son los pre candidatos presidenciales de ambos conglomerados. Velando sus armas. Es que marzo dará inicio al otoño más intenso de campañas presidenciales del que muchos tengamos memoria. Y esa intensidad otoñal tendrá su fundamento en las primarias que ambos sectores políticos tendrán en junio de este año.
Con la llegada de marzo, entonces, tendremos también la oportunidad de ver qué candidatos son capaces de plantear propuestas de políticas públicas que intenten resolver el dilema de Olson. Quienes están dispuestos a hacer propuestas que no se enfoquen en grupos de interés particular sino aquellas que implican el genuino beneficio general. Ese sí que es desafío. Esa sí que es una gran razón para querer ser Presidente.

Un fallo relevante

No hay plazo que no se cumpla. En 2007, la SVS multó a dos directores de LAN por haber vulnerado el deber de abstención al haber adquirido acciones de la compañía teniendo información financiera (FECU) no revelada al mercado. Pues bien, recientemente la Corte Suprema dictó sentencia definitiva sobre esas multas, confirmando el criterio que esgrimió el fiscalizador. Para efectos de disclaimer , hago presente que me correspondió dirigir la SVS a la fecha de la formulación de cargos en este caso.

Lo central de lo discutido fueron dos hechos: a) si la FECU constituye una información que tiene “la aptitud de influir en la cotización de las acciones de una empresa”; y b) si a los directores de S.A. les aplica el deber de abstención consistente en no adquirir o vender para sí o para terceros acciones sobre los cuales posea información privilegiada.

Más allá del fundamento legal, la justificación de la multa hace mucho sentido económico: es de la esencia de un mercado de capitales competitivo el que la información de los emisores fluya en términos simétricos y equitativos para todos los inversionistas por igual. Sin esa confianza mínima, no hay posibilidad de mercado eficiente. Dicho de otro modo, la ley chilena busca evitar la discriminación generada por la asimetría en que están directores y gerentes de las compañías emisoras comparado con cualquier otro agente económico al disponer de una mayor y mejor información.

Digamos también que, sin perjuicio de lo claro del deber de abstención, en su momento existieron algunas voces que criticaron el fundamento de la resolución que formuló cargos y que sancionó a estos directores. Que incluso los propios sancionados alegaron arbitrariedad en el criterio del fiscalizador. Pero los contundentes fallos de los tribunales que revisaron la multa y el mayoritario sentido común del mercado han terminado por demostrar que estaban equivocados.

Y es que distintas instancias judiciales han venido ratificando en los últimos años de manera contundente el criterio de la SVS. En primer término lo hicieron el 27° Juzgado Civil y la Segunda Sala de la Corte de Apelaciones. Y, hace sólo unos días, la Corte Suprema en un relevante fallo unánime confirmó las sentencias anteriores señalando que “la FECU es una información concreta acerca de la situación financiera de la sociedad, que por su naturaleza tiene la aptitud para ejercer influencia sobre la decisión de un hombre juicioso en orden a efectuar o no una determinada inversión“. Complementa agregando que “de la interpretación efectuada se llega a la clara conclusión que la ley contempla la prohibición (a los directores) de adquirir valores sobre los cuales se posean información privilegiada…como es la FECU no revelada al mercado”.

Esta sentencia definitiva de la Corte Suprema es una buena e importante noticia para la transparencia del mercado de capitales chileno. Es positiva, porque nos vuelve a recordar que emisores e inversionistas deberán tener una preocupación permanente por asegurar que la información fluya de manera similar y oportuna para todo el mercado por igual. Y es importante, porque confirma la diligencia y cuidado que deben tener los directores en el ejercicio de su función, particularmente cuando corresponde administrar información privilegiada de las compañías

La enseñanza del Director de La Polar

No es fácil ser director de sociedad anónima. Su función trae aparejada una serie de deberes y obligaciones legales que no siempre resultan evidentes de observar por parte de los directores. Permítame mostrarle un caso nacional donde, en la modesta opinión del suscrito, esos deberes se cumplieron de manera extraordinaria por parte de un director. Y es con una situación que ocurrió hace poco en la empresa La Polar.

Como se sabe, a La Polar le ha tocado experimentar múltiples desafíos tras el fraude al que se viera expuesta. Han tenido que esforzarse en recobrar tanto la confianza de los agentes del mercado, de los consumidores como de la opinión pública en general. Fruto de ese proceso el directorio acordó por mayoría la necesidad de un aumento de capital de US$ 240 millones destinado a compensar a los clientes repactados unilateralmente, a la apertura de tiendas en Colombia y la remodelación de otras en Chile. Se consideró que dicho aumento era imprescindible para el buen desarrollo de la empresa.

Pues bien, el directorio concurre con su propuesta a la Junta de Accionistas para aprobar el aumento de capital y logra aglutinar la mayoría de votos que apruebe la iniciativa, no sin antes encontrarse con la firme resistencia de un grupo de minoritarios que rechaza la iniciativa porque consideraban que la medida implicaría al final una disminución de cerca del 50% en el valor de la empresa. Entre los que la rechazaban estaba el representante de una conocida empresa nacional de asset management.

Dirá usted: ¿Y qué es lo interesante en este caso?. Pues que esa misma empresa de asset management, accionista minoritaria en la propiedad de La Polar, había nombrado como director de la Polar a uno de sus ejecutivos principales. Lo que salta entonces a la vista de manera inmediata es la aparente inconsistencia de las dos posturas en la votación: que el director nombrado por la minoritaria votó favorablemente por la propuesta de aumento de capital y que la empresa de asset management, en cuanto accionista minoritario, votó rechazando la propuesta que “su director” estaba recomendando.

Y digo aparente inconsistencia porque me parece que ambos representantes, el accionista minoritario y el director, cumplieron a la perfección el rol exclusivo que cada agente debe desempeñar en un correcto gobierno corporativo. Por cierto el minoritario cumplió su rol al hacer presente su derecho a objetar el aumento de capital. Pero sobretodo cumplió el director que tuvo presente que, una vez nombrado con los votos de los accionistas minoritarios, tiene el deber fiduciario esencial de velar por el interés de la empresa en su conjunto y no de unos accionistas en particular. De manera que, puesto en la disyuntiva, el director tuvo que optar y honró su deber con los intereses de la compañía en su conjunto por sobre su lealtad con la empresa de asset management.

Lo normal en una sociedad anónima es que lo que resulta conveniente para una empresa sea también conveniente para el accionista de la misma empresa. Pero puede ocurrir, como en esta situación en La Polar, que no se produzca esa coincidencia. Es una situación evidentemente compleja donde cada director debe recordar su rol y lealtad exclusiva con el interés social de la empresa. Por eso, en mi opinión, chapeau para ese diligente director de La Polar.

El Coleccionista

Cada uno tiene su propia cantinela. A algunos les gusta coleccionar autógrafos, poleras de fútbol o películas. A los más letrado, recopilar libros antiguos. Otros tienen pasión por la filolumenia (cajas de fósforos) o la glucosbalaitonfilia (sobres de azúcar). En fin, están los que, al igual que el ferretero personaje de Ricardo Darín en “Un cuento chino”, se dedican a coleccionar las historias absurdas e insólitas que aparecen en los periódicos.

A mí, en cambio, me gusta coleccionar regulaciones extrañas. Es decir, colecciono normativas en que resulta difícil justificar el razonamiento que la autoridad tuvo para establecer una regulación que pretende prohibir, permitir, obligar o autorizar una determinada conducta. Me parce que, al final, esas regulaciones son muy decidoras de nuestra sociedad.

Permítame demostrarle con algunos ejemplos como esas regulaciones extrañas están incluso en la naciones desarrolladas. En Suiza, por ejemplo, está prohibido secar ropa al aire libre los domingos. En Francia a ningún chancho se le puede asignar el nombre de Napoleón. En Alemania toda oficina debe tener una vista al cielo, aunque sea pequeña. En Italia un hombre puede ser arrestado por usar una pollera. En Suecia está prohibido repintar su propia casa a menos que lo haga un pintor certificado y cuente con el permiso del gobierno.

Existen otras más sorprendentes. En Finlandia los taxistas deben pagar un royalty especial si quieren oír música mientras transportan pasajeros. En Inglaterra una mujer tiene prohibido comer chocolate mientras usa el transporte público. En Australia se prohíbe caminar por el lado derecho de un sendero. En Canadá está prohibido pagar un producto sólo con pennies. En Dinamarca un hostal sólo puede cobrar por la comida a quién se hospeda si el pasajero formaliza su opinión de estar “satisfecho”. En Sudáfrica los jóvenes en traje de baño están obligados a sentarse con un espacio de no menos de 30 centímetros entre sí.

Pero una de las mejores viene de China. Hace ya algún tiempo se dictó una regulación para todos los limpiadores de baños públicos que limita “a no más de dos” el número de moscas presentes en cualquier instante en un baño público. Dígame que no resulta interesante saber cómo la autoridad china monitoreará la población de moscas presentes en cada baño público. Tampoco se sabe si los oficiales realizarán visitas sorpresas a las instalaciones para detallar el número de moscas, o si, en caso de notarse que más de dos moscas se hallen presentes en un baño público al mismo tiempo, se penalizará a las propias moscas o a los responsables de la limpieza.

Soy de los que cree que más que estar ideológicamente a favor o en contra de cualquier regulación, lo que procede es evaluar su mérito. Y que en una sociedad cada vez más interactiva se requiere una buena y sólida regulación para hacer posible la genuina libertad de las personas. Pero tampoco hay que olvidar que los cuidados del sacristán pueden terminar matando al cura. Para evitarlo es fundamental que se “regule” la capacidad reguladora, estableciendo evaluaciones independientes de costo/beneficio antes de dictar una nueva regulación.

Medida fundamental ahora que vamos a empezar un nuevo período de campañas políticas.

Las Enseñanzas de Elinor

Hace ya muchos años Garret Hardin formuló la famosa teoría acerca de la “Tragedia de los Comunes”: en un sistema de propiedad común, cada individuo persigue su propio interés con el incentivo individual a explotarlo sin límite”. Así, en un mundo con recursos limitados, “la libertad en los bienes comunes trae la ruina para todos”. Por ejemplo,  los recursos naturales vinculados a la pesca son recursos en propiedad común o recursos de libre acceso. El argumento de Hardin es que en esta libertad los recursos serán sobre explotados ya que ninguno de los usuarios tendrá el incentivo individual necesario para conservarlo. Al decidir cuánto tiempo y con qué capacidad salir a pescar, cada uno de los pescadores no tendrá en cuenta el efecto de su decisión de consumo sobre los demás. Tampoco tendrá el incentivo a no extraer hoy el recurso para conservarlo mañana, porque no se puede asegurar que los demás tengan el mismo cuidado. Y la consecuencai es que negativa no deseada es que la pesca se puede acabar. Parecía una tragedia sin más solución que la regulación pública.

Pero el drama si parece tener otro tipo de respuestas ¿Ha oído hablar de Elinor Ostrom? Vale la pena hacerlo. No por su personalidad sino por las repercusiones de su trabajo académico. Elinor era una destacada académica que se hizo famosa el 2009 por ser la primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía. Es probable que incurra en el mismo error que yo mismo cometí al indagar sobre su trabajo: no es economista sino que tiene formación universitaria como Cientista Político, que complementó con economía como estudiante de pre y post grado.

La investigación que la hizo acreedora del galardón es una repuesta directa a la “Tragedia de los Comunes”, dedicando parte relevante de su vida académica al análisis empírico de una de las cuestiones más fascinantes de la ciencia económica: como las instituciones -entendidas como normas formales e informales- pueden promover una acción colectiva exitosa en la provisión de bienes públicos.

Elinor analiza como ejemplo de su teoría al todavía existente Tribunal de las Aguas: es una antigua institución española creada en la edad media por una comunidad de regantes y que sigue manteniendo hasta hoy su vigencia en arbitrar y autoregular sus conflictos por el uso del agua. La pregunta que ella intenta contestar es por qué una institución constituida directamente por los propios regantes ha demostrado ser eficaz y sustentable, mientras que instituciones estatales para el riego creadas por los gobiernos presentan tanto dificultades de funcionamiento cuando no múltiples conflictos. ¿Por qué no existen más instituciones con este nivel de “espontaneidad”? ¿Será por la acción del Estado que, al tratar de regular la provisión de esos bienes públicos, instala instituciones ineficientes? ¿Será por la apatía e incapacidad de los ciudadanos en velar por su propio destino, esperando que sea el estado quien lo resuelva?

Indefectiblemente la materia de investigación de Elinor y las preguntas del párrafo anterior llevan a pensar en nuestra realidad nacional. Nos preciábamos que Chile no califica como una república bananera sino que está dentro de la liga de países en donde “la institucionalidad funciona”. Sin embargo, algo no cuadra. Déjeme preguntarle: ¿cuántas de nuestras instituciones que dicen promover genuinos “bienes públicos” –no confunda con los gremiales- han surgido espontáneamente desde la propia sociedad civil y no como reacción del Estado? Claramente no sobran los ejemplos y eso, de por sí es muy decidor de la sociedad chilena.

Los consejos del viejo escritor

Un buen veraneo se mide, entre otras cosas, por la cantidad de buenos libros que uno lee.

Uno de esos fue “El libro negro” del premio nobel turco Orhan Pamuk. Me topo con un gran diálogo del libro que relata el encuentro entre un joven columnista y un viejo escritor, donde el último le pregunta al primero “cuando escribe una columna, ¿lo hace con intención moral o lo hace por divertir?”. El viejo escritor, al ver el titubeo de su interlocutor a su pregunta, se lanza con un extraordinario listado de recomendaciones para todo columnista o cualquiera que tenga interés por escribir. Y como soy un simple columnista amateur releí varias veces el largo listado de recomendaciones. Me parecieron muchas de ellas increíblemente sabias y oportunas.

Pero no soy el único que tiene su obra fetiche. Me acordé por ejemplo del ministro Hinzpeter, y como en una entrevista citaba completos los dos primeros párrafos de “La Guerra de Galio”, la gran novela sobre el poder y la política del mexicano Aguilar Camín. Por eso es el libro de cabecera del ministro y de muchos otros con intereses políticos.

Me acordé también de varios amigos del mundo financiero que veían reiteradamente “Wall Street” para recitar de memoria los diálogos con las “enseñanzas” que transmitía Gordon Gekko. Me acordé de mis amigos periodistas que leían una y mil veces “Entrevista con la historia”, de la gran Oriana Fallaci, intentando asimilar su estilo incisivo al encarar con ácidas preguntas a Henry Kissinger, Andreotti, Golda Meir o Arafat. En fin, me acordé de varios abogados que esgrimían en encuentros sociales los argumentos de  Spencer Tracy en el “El juicio de Nuremberg”.

Es que, dependiendo de la historia personal y profesional, cada uno tiene sus libros, personajes o diálogos de películas que resultan especialmente motivadores para su oficio o vocación. Por eso es que no veo pecado en reconocer que, en cuanto ocasional y humilde obrero de las columnas, tengo ahora en “El libro negro” mis consideraciones a seguir como columnista.

Y como usted lector sufrirá en el futuro esta obsesión personal le comparto un extracto de las recomendaciones del viejo escritor:
“No te sientes a escribir la columna hasta que encuentres la primera frase. Ten convicciones sinceras. Y si no tienes convicciones sinceras que el lector se convenza que estás convencido. Eso que llamas lector no es más que un niño que quiere ir al circo. Escribir por el mero placer del lector deja al columnista sin brújula. Y la brújula es nuestra historia. El lector es desagradecido como un gato. No te preocupes por los gatos sino por los problemas del país.. Sé zalamero, pero no tanto. Si escribes de manera difícil acabarás con una úlcera. Sal a la calle, mira las caras y ahí habrá un buen tema del que escribir. Escribe no según la inteligencia del lector sino según la tuya propia. Eres ángel y demonio a la vez porque los lectores se aburren del columnista absolutamente malo o absolutamente bueno. Y no olvides que tu secreto para escribir es el amor”.

Como ve, ha sido un verano provechoso