La hora de los profetas

En su más conocida ponencia pública, Weber decía que el buen político era el que no se guiaba exclusivamente por la ética de la convicción, sino el capaz de incluir una importante dosis de responsabilidad a su actuar. Decía que quienes actúan únicamente según convicciones absolutas se transforman en profetas, pues no les queda otra posibilidad que la de condenar toda acción pública que utilice medios moralmente peligrosos.

Pero ninguna ética del mundo, dice Weber, puede eludir que para conseguir fines “buenos” hay que considerar en muchos casos la probabilidad de consecuencias moralmente reprochables. Por esa consideración, afirma el alemán, quien es profeta no puede ser un buen político.

Pero seguramente Weber habría matizado su reflexión si viviera por estos días en Chile, marcados por el noticioso verano del 2015:  Penta, Caval, Soquimich, uso de información privilegiada y colusión en los pollos. Un mix explosivo de acontecimientos que ha aumentado, aún más, los ya conocidos bajos niveles de confianza en las instituciones públicas y en las empresas privadas. En pocos meses el 2015 ya superó al que parecía ser el año ícono de esta primera parte del siglo XXI chileno: el 2011. Fue cuando conocimos del fraude de La Polar, la colusión en las farmacias, las marchas contra el lucro en la educación y proyectos ambientales, así como los abusos cometidos por sacerdotes. Parecía que ese 2011 sería un momento paradigmático en la historia de Chile. Pero ya sabemos que nos quedamos cortos y que este 2015 ya tiene asegurado un sitio mucho más relevante en los libros de historia.

Frente a un escenario social de tal descrédito de las elites políticas y del mundo empresarial, debería ser preocupación prioritaria de un buen político recuperar la legitimidad de la institucionalidad. Porque con una sociedad enrabiada con las instituciones se hace derechamente imposible avanzar. Hace solo una década se decía que a Chile le sobraba institucionalidad y le faltaba ciudadanía. Que esa era la manera de sobrellevar un país donde nunca ha existido mucha confianza. A nivel social, la Encuesta Mundial de Valores (2010-2014) muestra que solo un 12% de los chilenos cree que se puede confiar en la mayoría de las personas mientras que alrededor de un 70% prefiere ser precavido y cuidadoso en el trato con los demás. Que por eso era bienvenido que los chilenos en los últimos años manifestaran de manera pública y organizada sus posiciones. Lo que nadie previó es que en esa misma década se desplomara de manera tan brutal la confianza en las instituciones (políticas, económicas, religiosas) y se generara la actual crispación social.

Por eso digo que Weber probablemente reestructuraría su discurso, pues tendría que reconocer que los niveles de desconfianza y descrédito en Chile requieren de un tipo de liderazgo político que entregue convicción. Convicción para reprochar las conductas indebidas -incluidas las de cercanos o afines políticamente. Convicción para asegurarse que organismos fiscalizadores, fiscales y jueces puedan actuar con las atribuciones, independencia e imparcialidad que nos merecemos como República. En fin, convicción para dejar claro que no hay espacio, condiciones ni posibilidad de proponer pacto político o acuerdo que matice la total transparencia y la definición de las responsabilidades correspondientes.

Lamentablemente, la percepción es que nuestras autoridades no han logrado hasta ahora transmitir esa convicción.

En escenarios dramáticos -como los que vivimos ahora- se requieren medidas dramáticas. Es ahora cuando se necesita de líderes que logren patear el tablero, cambiar las reglas del juego y propongan cambios para superar el crispado ambiente nacional, actuando solo por convicción, sin calcular las consecuencias de las decisiones. Tal y como actúan los profetas.

Imposible no hacer una referencia final al mundo de la empresa. Porque reconozcamos que en este entorno social no es fácil desarrollar la actividad productiva. Tal como decía acertadamente hace unos días Bernardo Larraín en un foro de Icare, “sabemos que Chile vive una crisis de confianza y legitimidad de sus instituciones y que el mundo de la empresa está en el centro de ella, que esta trasciende con creces los casos de connotación pública y que la única manera de sobrellevar esta realidad es actuando con convicción en la autorregulación preventiva y oportuna”. Un diagnóstico especialmente atingente para las empresas fiscalizadas que transan en bolsa o aquellas de mayor connotación pública que están sujetas al crecientemente duro escrutinio de consumidores y ciudadanos.

Pero la clave para que funcione lo que plantea Larraín está en el convencimiento de la alta dirección de una empresa de implementar una estrategia que tenga como foco principal el ataque a los potenciales conflictos de interés, las asimetrías de información que enfrentan los consumidores así como cualquier práctica que atente contra la libre competencia. Directivos orientados a actuar correctamente. Directivos convencidos que es la única manera de tener éxito. Directivos que sean profetas en su industria.

Anuncios
Entrada anterior
Entrada siguiente
Los comentarios están cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: