La parábola del payaso

A la mayoría nos resulta difícil adaptarnos a los cambios de las circunstancias que nos rodean. Reconozco que, a mí por ejemplo, me está costando una barbaridad asumir que mi hija mayor entró en la etapa adolescente de salidas y pololeos, que su niñez está quedando atrás y que más temprano que tarde perderé el título de ser el más importante hombre en su vida. La naturaleza sigue su sabio curso. Más vale asumirlo.

Algo parecido vivimos como sociedad por estos días. Todos sabemos que “Chile ha cambiado”. A las empresas privadas se les exige mayor legitimidad para su rentabilidad y a los directores de sociedades anónimas creciente accountability. Hay más actores sociales opinando en los debates y hay menos monopolio de los partidos políticos. Los consumidores están más empoderados y los medios más atentos a escuchar sus reclamos. En fin, cambios positivos.

Pero seamos honestos. Para muchos de quienes forman parte de la elite económica del país existe una sensación de incomodidad con esta nueva realidad. Consideran injusto que algunos opinólogos pretendan demonizar a todos los empresarios y se les califique sin diferencia como abusadores de consumidores. Y tienen razón. Es indebido e injusto calificarlos a todos bajo un mismo rótulo.

Pero al mismo tiempo sería muy conveniente que algunos líderes empresariales adecuen sus mensajes comunicacionales a la nueva realidad social. Por ejemplo, sorprenden las recientes amenazas del presidente de la Sofofa respecto a sacar inversiones del país. No me malentienda. La evidencia internacional demuestra que reformas tributarias inadecuadas pueden tener efectos nocivos en el crecimiento de una economía. Por lo tanto es entendible que, en caso que el proyecto no sea adecuado, esos líderes expresen reparos y planteen alternativas.

Y es que las formas verbales son importantes porque, sino, quienes las emiten corren el riesgo de sufrir una aun mayor pérdida de credibilidad y se cumpla la parábola del payaso, planteada por el filósofo Kierkegaard y que leí hace unos días en el diario El País. Sucedió una vez que se declaró un incendio en un circo que actuaba en un poblado. El circo rebosaba de gente. El mejor payaso salió al escenario a informar al público. ¡Fuego! ¡Todos fuera, deprisa, que se quema todo! Creyeron que era un chiste y aplaudieron. Repitió el aviso y aplaudieron. Insistió alarmado, y aplaudieron más fuerte, muertos de risa. El circo se vino abajo. Gran desastre. El payaso fracasa estrepitosamente. No logra comunicar su mensaje porque la forma le traiciona, dice Kierkegaard. Lo intenta una y otra vez, pero no lo consigue. Si hubiera perdido un poco de tiempo en cambiar de ropa, habría sido más creíble y los aldeanos se habrían dado cuenta que el mensaje era serio.

No hace falta decir que el payaso no es el problema, pues algo similar ocurriría si los que vocean son autoridades, políticos, empresarios, activistas sociales, académicos o periodistas. Respecto de todos ellos tenemos una imagen ya definida de sus ideas, de sus incentivos e interés. Y si ya es difícil romper los prejuicios que tenemos, la situación se agrava más todavía cuando vienen acompañados de mensajes inadecuados. Ajustarse a la realidad y cuidar el mensaje. Esa es la única manera de mantener credibilidad. Yo al menos estoy tratando eso con mi hija.