El Coleccionista

Cada uno tiene su propia cantinela. A algunos les gusta coleccionar autógrafos, poleras de fútbol o películas. A los más letrado, recopilar libros antiguos. Otros tienen pasión por la filolumenia (cajas de fósforos) o la glucosbalaitonfilia (sobres de azúcar). En fin, están los que, al igual que el ferretero personaje de Ricardo Darín en “Un cuento chino”, se dedican a coleccionar las historias absurdas e insólitas que aparecen en los periódicos.

A mí, en cambio, me gusta coleccionar regulaciones extrañas. Es decir, colecciono normativas en que resulta difícil justificar el razonamiento que la autoridad tuvo para establecer una regulación que pretende prohibir, permitir, obligar o autorizar una determinada conducta. Me parce que, al final, esas regulaciones son muy decidoras de nuestra sociedad.

Permítame demostrarle con algunos ejemplos como esas regulaciones extrañas están incluso en la naciones desarrolladas. En Suiza, por ejemplo, está prohibido secar ropa al aire libre los domingos. En Francia a ningún chancho se le puede asignar el nombre de Napoleón. En Alemania toda oficina debe tener una vista al cielo, aunque sea pequeña. En Italia un hombre puede ser arrestado por usar una pollera. En Suecia está prohibido repintar su propia casa a menos que lo haga un pintor certificado y cuente con el permiso del gobierno.

Existen otras más sorprendentes. En Finlandia los taxistas deben pagar un royalty especial si quieren oír música mientras transportan pasajeros. En Inglaterra una mujer tiene prohibido comer chocolate mientras usa el transporte público. En Australia se prohíbe caminar por el lado derecho de un sendero. En Canadá está prohibido pagar un producto sólo con pennies. En Dinamarca un hostal sólo puede cobrar por la comida a quién se hospeda si el pasajero formaliza su opinión de estar “satisfecho”. En Sudáfrica los jóvenes en traje de baño están obligados a sentarse con un espacio de no menos de 30 centímetros entre sí.

Pero una de las mejores viene de China. Hace ya algún tiempo se dictó una regulación para todos los limpiadores de baños públicos que limita “a no más de dos” el número de moscas presentes en cualquier instante en un baño público. Dígame que no resulta interesante saber cómo la autoridad china monitoreará la población de moscas presentes en cada baño público. Tampoco se sabe si los oficiales realizarán visitas sorpresas a las instalaciones para detallar el número de moscas, o si, en caso de notarse que más de dos moscas se hallen presentes en un baño público al mismo tiempo, se penalizará a las propias moscas o a los responsables de la limpieza.

Soy de los que cree que más que estar ideológicamente a favor o en contra de cualquier regulación, lo que procede es evaluar su mérito. Y que en una sociedad cada vez más interactiva se requiere una buena y sólida regulación para hacer posible la genuina libertad de las personas. Pero tampoco hay que olvidar que los cuidados del sacristán pueden terminar matando al cura. Para evitarlo es fundamental que se “regule” la capacidad reguladora, estableciendo evaluaciones independientes de costo/beneficio antes de dictar una nueva regulación.

Medida fundamental ahora que vamos a empezar un nuevo período de campañas políticas.

Las Enseñanzas de Elinor

Hace ya muchos años Garret Hardin formuló la famosa teoría acerca de la “Tragedia de los Comunes”: en un sistema de propiedad común, cada individuo persigue su propio interés con el incentivo individual a explotarlo sin límite”. Así, en un mundo con recursos limitados, “la libertad en los bienes comunes trae la ruina para todos”. Por ejemplo,  los recursos naturales vinculados a la pesca son recursos en propiedad común o recursos de libre acceso. El argumento de Hardin es que en esta libertad los recursos serán sobre explotados ya que ninguno de los usuarios tendrá el incentivo individual necesario para conservarlo. Al decidir cuánto tiempo y con qué capacidad salir a pescar, cada uno de los pescadores no tendrá en cuenta el efecto de su decisión de consumo sobre los demás. Tampoco tendrá el incentivo a no extraer hoy el recurso para conservarlo mañana, porque no se puede asegurar que los demás tengan el mismo cuidado. Y la consecuencai es que negativa no deseada es que la pesca se puede acabar. Parecía una tragedia sin más solución que la regulación pública.

Pero el drama si parece tener otro tipo de respuestas ¿Ha oído hablar de Elinor Ostrom? Vale la pena hacerlo. No por su personalidad sino por las repercusiones de su trabajo académico. Elinor era una destacada académica que se hizo famosa el 2009 por ser la primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía. Es probable que incurra en el mismo error que yo mismo cometí al indagar sobre su trabajo: no es economista sino que tiene formación universitaria como Cientista Político, que complementó con economía como estudiante de pre y post grado.

La investigación que la hizo acreedora del galardón es una repuesta directa a la “Tragedia de los Comunes”, dedicando parte relevante de su vida académica al análisis empírico de una de las cuestiones más fascinantes de la ciencia económica: como las instituciones -entendidas como normas formales e informales- pueden promover una acción colectiva exitosa en la provisión de bienes públicos.

Elinor analiza como ejemplo de su teoría al todavía existente Tribunal de las Aguas: es una antigua institución española creada en la edad media por una comunidad de regantes y que sigue manteniendo hasta hoy su vigencia en arbitrar y autoregular sus conflictos por el uso del agua. La pregunta que ella intenta contestar es por qué una institución constituida directamente por los propios regantes ha demostrado ser eficaz y sustentable, mientras que instituciones estatales para el riego creadas por los gobiernos presentan tanto dificultades de funcionamiento cuando no múltiples conflictos. ¿Por qué no existen más instituciones con este nivel de “espontaneidad”? ¿Será por la acción del Estado que, al tratar de regular la provisión de esos bienes públicos, instala instituciones ineficientes? ¿Será por la apatía e incapacidad de los ciudadanos en velar por su propio destino, esperando que sea el estado quien lo resuelva?

Indefectiblemente la materia de investigación de Elinor y las preguntas del párrafo anterior llevan a pensar en nuestra realidad nacional. Nos preciábamos que Chile no califica como una república bananera sino que está dentro de la liga de países en donde “la institucionalidad funciona”. Sin embargo, algo no cuadra. Déjeme preguntarle: ¿cuántas de nuestras instituciones que dicen promover genuinos “bienes públicos” –no confunda con los gremiales- han surgido espontáneamente desde la propia sociedad civil y no como reacción del Estado? Claramente no sobran los ejemplos y eso, de por sí es muy decidor de la sociedad chilena.