Sin regulación no es posible la libertad

Contradictoria premisa, dirá usted. ¿Libertad y regulación? ¿cómo podemos compatibilizar dos vocablos cuyo significado resulta tan contrapuesto? Como sabemos la expresión “Regulación”, en el imaginario popular al menos, lo asociamos con el acto del burócrata que nos impone acciones, prohibiciones a los ciudadanos. Entonces, ¿cómo podríamos ejercer el libre albedrío si diariamente los individuos estamos sometidos a que el Estado nos imponga reglas, prohibiciones, cuotas y tarifas?

Partamos por hacer una constatación empírica: el fenómeno regulatorio se ha ido aplicando en casi todas las esferas de la vida humana: en el uso obligatorio del cinturón de seguridad, los requisitos legales para constituir una empresa, en las tarifas de la luz o el agua, los planes reguladores comunales, los requisitos de solvencia para los bancos, el descuento de las AFP del sueldo, la publicidad en las cajetillas de cigarro. En fin, sobran los ejemplos.

Y ojo que la regulación no es un fenómeno exclusivamente estatal. La sociedad civil también se autoimpone regulaciones: las normas que la FIFA impone a sus asociados en todo el mundo; las cuotas que exigen los centros de padres a los apoderados de los colegios; o propias regulaciones que nos autoimponemos en las relaciones afectivas, como es el compromiso de fidelidad. Es que a todos nos aprieta el zapato en alguna parte.

La teoría dice que la regulación se justifica frente a una falla del mercado. Sin embargo, la experiencia diaria, en Chile y el mundo, nos muestra que la reacción a la regulación tenderá además a estar marcada por las preferencias ideológicas de cada individuo: Así, están quiénes descreen del mercado como asignador eficiente de recursos, confiando en el Estado y su habilidad regulatoria para corregir esas fallas; y quienes, a su vez, promueven la libertad individual, y desconfían de la habilidad regulatoria de terceros (el Estado) para decidir por ellos.

Hay evidencia para defender ambas conceptualizaciones. Pero hay otra forma de verlo, una mucho más pragmática: que parte por constatar que el desafío de vivir en sociedad crecientemente conlleva a que el ejercicio de la libertad humana puede afectar al mismo tiempo la posibilidad de otros a ejercer su propio plan de vida. Y esa constatación empírica justifica la necesidad de contar con regulaciones que si permitan el ejercicio colectivo de la libertad. Dicho de otro modo, para vivir en sociedad necesitamos normas que regulen esa sana convivencia, única forma de poder ejercer genuinamente nuestra libertad.

Más en la línea de lo que Amartya Sen, el Premio Nobel de Economía, conceptualizó bajo “libertad positiva”, entendida como aquella real capacidad de una persona de ser o de hacer algo, distinguiéndola de la “libertad negativa”, que enfoca el acento sólo en la no interferencia de terceros en el actuar.

Si compartimos que la regulación no debe ser medida ideológicamente, sino en cuanto “libertad positiva” y mecanismo funcional al individuo y la sociedad para ejercer sus capacidades personales, entonces… bendita regulación.

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